Todos hemos escuchado (o dicho) alguna vez que la mili podría servir de antídoto a muchos de los problemas que a día de hoy sufren las generaciones más jóvenes. La percepción de que el paso por los cuarteles hace que los reclutas se conviertan en personas más maduras, diligentes y disciplinadas no es solamente una impresión. Es completamente cierto.
Todos sabemos que hay mucha gente que no recibe una educación digna de llamarse como tal en sus casas. Personas que creen que sus deseos han de ir primero que cualquier otra cosa, que cualquier mal comportamiento que tengan hacia los demás no tendrá consecuencias, que ellos son merecedores de respeto, pero no de respetar a otros. Lo irónico es que estas personas acabarán por aprender todo aquello, si no es de una manera es de otra. La vida es el más implacable maestro. Por eso, muchos vemos positivo que sea un sargento el que te enseñe, en lugar de tu jefe al despedirte de tu trabajo.
Pero como yo ya nací en las generaciones que no tuvieron mili, por lo que no he sido testigo de primera mano, he pedido a un buen amigo mío, con experiencia en la milicia, que nos arroje un poco de luz en este asunto dando su opinión:
La conocida “mili” es, ha sido y será siempre uno de esos temas sensibles de barra de bar en nuestro país. Es un tema muy complejo como para ser analizado en una única dimensión de manera plana o lineal. Es por esto que voy a tratar de dar mi punto de vista en torno a tres ejes argumentales principales: el marco histórico, la definición del concepto y su finalidad y las conclusiones y opinión generadas en el servicio en las FAS.
Para situarle, estimado lector, en el punto de partida de este relato le pido que me acompañe en un breve viaje por la historia de España. Nos situamos a principios del siglo XIX, y la nación española ha participado durante el último siglo en torno a una decena de conflictos armados internacionales, empezando por la guerra de sucesión (1701-1715) y finalizando con la guerra Anglo-Española (1796-1802). Esto significa que en ningún momento hubo más de una década en paz en España, de tal manera que la guerra era en la época lo que el martillo en casa del herrero: lo normal. Así, marchar de fusilero voluntario o forzoso aquí o allá para tener algo que llevarse a la boca o evitar un paredón era el pan de cada día y tan común como la vida misma.
A lo largo del próximo siglo llegarán conflictos internos bastantes más sangrientos que sólo joderán más a la ya de por sí muy jodida población española: la guerra de Independencia, las guerras civiles entre carlistas y cristinos, las guerras en África y Cuba, etc. Miles de muertos y cien años después llegamos a principios del siglo XX con una España que se ha desangrado en el 98 y que se sostiene milagrosamente bajo el manto de una “democracia” en la que el “demos” (del griego, “pueblo”) y el “kratos” (del griego, “poder” o “gobierno”) parecen no tener mucho que ver. Además, el pueblo sigue sosteniendo en armas a la nación en sus guerras, motivo por el cual en 1909 diremos que se lía parda en Barcelona. Continúa la guerra en África, hasta que un militar, Miguel Primo de Rivera, harto de la situación, se subleva para poner orden en un país al que definir como caótico sería motivo para clasificar este artículo como fantasioso o de ficción (era una jodienda de manual). Así comienza una dictadura que empieza lo que se dice bien y acaba lo que se dice mal. Las guerras externas se acaban, pero como en España no podemos estar una temporada sin matar a nadie, aunque sea de los nuestros, la tensión del panorama interior aumenta hasta el punto de que viene una segunda república con una estabilidad escasa y que acaba en una guerra civil. El resto, es historia.
Acabada la guerra continúa el servicio militar obligatorio que en España lleva ininterrumpido desde lo inmemorable. Luego viene la transición y “la mili” continúa como cumplimiento de aquello que dice la constitución de “derecho y deber de defender la patria”, pero como ya no mola eso de obligar a la peña a hacer lo que no quiere por eso de que “recuerda a lo de antes” se introduce la figura del objetor de conciencia y se crean otras formas de hacer un servicio a la comunidad. En el año 2001 alguien pensó que como no hay guerra, ya no tiene sentido y con un ejército profesional bastaba y sobraba. De todo esto deducimos que el servicio militar obligatorio ha sido el medio con la que se ha nutrido la nación en su historia para salvaguardar su existencia y sus intereses, y que popular o no, ha sido muy necesaria para escribir las páginas de su historia.
En cuanto a la definición y finalidad del servicio militar, cabe destacar que nada tiene que ver el sentido de la misma de tiempos pasados con estos días menos gloriosos, pero igual de dignos, que nos ha tocado vivir. Su sentido ya no debería ser sólo la defensa de la patria, sino la cohesión de una población a la que sólo se le incentiva a censurar en vez de a comprender y aprender. Es por ello que la creación de un tipo de servicio comunitario puede tener muy buenos efectos en la situación política para la nación, y ya no hablamos sólo de un servicio militar, sino de un servicio a la comunidad. Porque es importante dejar claro que lo que es de todos es de cada uno y por eso cada uno debe luchar por mantenerlo y mejorarlo, a diferencia de lo que se hace ver a día de hoy de que lo que es de todos no es de nadie y por eso nada pasa si mejora o empeora. En resumen: la mili y los objetores de conciencia eran cosas que podían ser provechosas pero que eliminaron vete tú a imaginar por qué.
En cuanto a mi opinión del servicio, he de reconocer que la implementación del servicio militar obligatorio sin un aumento en las capacidades de defensa supondría dividir los esfuerzos ya de por sí insuficientes de un escaso, maltratado y vilipendiado ejército. Sin embargo, creo que no es incompatible mantener un ejército profesional y crear un servicio militar que sirva para recuperar esa cohesión nacional que genera pisar tierras extrañas y convivir con gentes aún más raras y que de otra manera no podría hacerse con gran parte de la población. La mili sería un sitio donde hacer igual a la gente, un lugar que nos demuestre que nadie tiene más valor que el que se gana y nadie merece menos respeto que el que para sí mismo exige. Cada sociedad y cada generación cargan con su cruz y la nuestra es muy distinta a lo anteriormente vivido, pero no por ella menos peligrosa. La fragmentación nacional, regional, municipal y hasta en la comunidad de vecinos es ese mal, aunque gracioso o entretenido en ciertas situaciones, nos hace débiles como sociedad y nos aleja de todo aquello por lo que tenemos derecho a luchar. Solventar este problema y dotar a la población de conocimientos útiles en conflictos puede ser un movimiento estrella en un paradigma internacional incierto, como el que vivimos en estos días. Cabe destacar que todo esto no se podría realizar sin mantener una esfera de seguridad territorial, por lo que, reitero, no tiene sentido implementar este servicio sin asegurar y reforzar antes las capacidades defensivas y disuasorias de un ejército profesional.
Concluimos de todo lo anteriormente indicado que tener un ejército nutrido y una sociedad cohesionada no sólo no ha dañado, sino que ha engrandecido a las naciones en su historia. Así mismo lo que une a las personas puede también separarlas, y la integración de todos los factores socioeconómicos no es fácil ni sencilla pero no intentar legar a nuestros hijos una España mejor que la que hemos heredado no debería ser tolerable, comprensible ni respetable.
- Artillero anónimo
Hay gente que arguye en contra de la mili diciendo que no es un servicio que tenga cabida en un estado democrático y de derecho. Estaría bien preguntarles a estos sujetos si creen que Finlandia, Austria, Suecia o Suiza son ejemplos de países antidemocráticos, pues en todos ellos hay servicio militar obligatorio.
Así pues, creo que hay sobrada evidencia para decir que España está mejor con mili que sin ella, haciendo previamente los ajustes necesarios.
