El Milagro de Empel ocurrió enmarcado en la guerra de los ochenta años, que enfrentaba a los rebeldes calvinistas de las Provincias Unidas de los Países Bajos contra la Monarquía Hispánica de Felipe II. Los Holandeses venían acumulando una serie de descontentos con los soberanos Españoles que habían comenzado con las reformas administrativas de Carlos I, a través de las cuales unificó la administración usando los Estados Generales como parlamento común para sustituir a los numerosos gobiernos provinciales. Esto originó el malestar de la nobleza flamenca que veía peligrar sus intereses políticos y sus privilegios.
Tras la abdicación de Carlos en favor de su hijo Felipe en 1556 la situación con los Países Bajos empeoró. Al rey Felipe se le consideraba un extraño: ni había nacido ni se había criado allí (Al contrario que su padre, que sí nació y se crió en Flandes); desconocía aquellas tierras y sus gentes, y no hablaba su lengua. El foco de atención de Felipe II siempre había estado orientado a Castilla y sus posesiones de ultramar, por lo que los holandeses interpretaron que no podía seguir siendo su soberano. Realmente lo que más motivó la sublevación fue, como siempre, las ambiciones monetarias de la nobleza local, que quería el pleno control de las riquezas generadas por el próspero comercio, que eran muy abundantes. Esta razón es un denominador común en todas las naciones que son protestantes.
De esta manera comenzaron las hostilidades en 1568 de la mano de los sublevados holandeses en la batalla de Heiligerlee, que pretendía la independencia de las Diecisiete Provincias. Más tarde se irían sumando en apoyos al bando golpista Francia e Inglaterra, históricos enemigos de España y, sobre todo, de su grandeza.
En 1585 el conflicto estaba en una fase en la que España estaba recuperando terreno gracias a las recientes victorias de Don Alejandro Farnesio. Ese año se había logrado la toma de Amberes, recuperada por Farnesio de manos de los rebeldes. Esto cortó la salida al mar del comercio de los sublevados, lo que les obligó a aumentar los esfuerzos en otras zonas. Es aquí donde entran en juego el control de los ríos Mosa y Waal, arterias principales que permitían mover tropas y víveres y comunicar otras plazas. Los holandeses sabían que si lograban dominar las islas fluviales, podrían estrangular el avance español. Por eso la flota de los holandeses navegaba esos ríos con fuerza y, en diciembre de 1585, atacaron una de las islas cerca del río Mosa: la isla de Bommel.
Los tercios de Mondragón, Íñiguez y Bobadilla, más la compañía de arcabuceros a caballo y seis piezas de artillería, con un total de unos 5000 hombres bajo el mando de Bobadilla, se dirigieron por la línea del río Mosa (que marcaba la separación con el territorio rebelde) en dirección a Bolduque, con intención de pasar el invierno en la mencionada isla de Bommel.
El Tercio Viejo de Zamora, al mando de Francisco Arias de Bobadilla, estaba mal abastecido, con soldados cansados tras campañas duras y sin refuerzos a la vista; situación que fue aprovechada por El Almirante holandés Felipe de Hohenlohe-Neuenstein, que reunió una flota de entre 100 y 200 barcos de todos los tamaños en el río Waal y llegó al norte de la isla de Bommel el 2 de diciembre. Su intención era cercar y aniquilar al Tercio Viejo, por lo que los encerró en la isla para impedir su retirada hacia posiciones españolas, utilizando una táctica común en aquella época que consistía en abrir diques y compuertas para inundar los campos y dejar a los españoles casi sin tierra firme, para así obligarles a aceptar sus condiciones.
El día 5 de diciembre Hohenlohe envió un mensajero avisándoles que: «…humillasen los ánimos, que él les daría de gracia que no humillasen los cuerpos debajo del yugo, más que no esperasen poder pelear o morir honradamente, pues habían de perecer como brutos, de hambre y frío…». La respuesta del Maestre de Campo Don Francisco Arias de Bobadilla pasaría a la historia como una de las más icónicas muestras de la moral inquebrantable de la milicia española: «Los infantes españoles prefieren la muerte a la deshonra. Ya hablaremos de capitulación después de muertos ».
Enfurecido, el almirante holandés mandó destruir todos los diques que quedaban, con la intención de hacer que todos los soldados españoles murieran ahogados. Es así que habiéndose consumido todas las provisiones, incluidos sus propios caballos, estaban a la intemperie, empapados, helados y sin moral. De modo que Bobadilla les pidió a todos que se encomendaran a Dios. Los soldados se confesaron, comulgaron y, exhortados por Fray García de Santisteban, recuperaron su determinación de morir luchando por sus creencias, sus banderas y su Rey.
Cuando un soldado estaba cavando unas trincheras, a modo de intentar entrar en calor, topó con un objeto sólido que parecía de madera. Desconcertado, lo sacó y procedió a limpiarlo. Resultó ser una tabla que parecía recién pintada, con una imagen de la Inmaculada Concepción. Era la vigilia de la Concepción de María y la noticia corrió como la pólvora por todo el dique. Acudió el mismo Bobadilla y llevaron la imagen en procesión hasta la iglesia de Empel, donde la colocaron frente a las banderas de las compañías y le cantaron repetidamente la salve, encomendándose «...por ser ella la que solo podía hacerlo, quien librara sus soldados de aquellas acechanzas de elementos y enemigos…».

Óleo de Augusto Ferrer-Dalmau y Nieto
Esa misma noche, en la madrugada del día 8 de diciembre, un viento gélido hizo que las aguas que les rodeaban se congelaran con gran severidad. Tanto había helado que: «…se iban los hielos engrosando a grandísima priesa por el aire y tiempo tan frío que hacía, que era el más extraordinario que jamás se vio; cuajaba el agua a medida del deseo de los españoles porque no tenían más esperanzas que esta para su remedio…». Esta situación obligó a la mayor parte de la flota rebelde a retirarse hacia el Mosa, por temor de quedar encallados en el hielo. Fue entonces cuando los soldados españoles atacaron con toda fiereza los barcos, sorprendiendo a los holandeses, que jamás habrían imaginado que pudieran haber escapado de aquel entuerto. Cuentan las crónicas que los holandeses, al verse acribillados, gritaban en español: «…que no era posible sino que Dios era español pues había usado con ellos un tan grande milagro…». Algunos españoles bajaron de los diques y se adentraron sobre el hielo para alcanzar algunos barcos que tenían dificultad de maniobra y dar muerte a sus tripulantes.
Concluida la batalla, se contabilizaron más de 300 bajas por parte del bando sublevado, mientras que del lado español no llegaron a la decena. Las fuerzas combatientes eran tremendamente dispares, siendo unos 30.000 hombres y 100-200 barcos del lado holandés por unos 5.000 españoles sin barcos.
A partir de ese momento y en memoria de lo ocurrido, en otros tercios y establecimientos militares españoles, se fueron formando cofradías y hermandades de la Inmaculada Concepción hasta considerarla patrona de toda la infantería española. Desde 1644, la Inmaculada Concepción es proclamada Patrona de España por las Cortes de Castilla.Sin embargo, este patronazgo sobre el ejército se consolidaría cientos de años más tarde, después de que la bula Ineffabilis Deus del 8 de diciembre de 1854 proclamase como dogma de fe católica la Concepción Inmaculada de la Virgen Santísima como Patrona del Arma de Infantería.
Si este episodio glorioso de nuestra historia, que no es ni mucho menos un suceso aislado, hubiese sucedido en otro país, habrían cientos de películas, series, libros y documentales recordándolo y presumiendo de él. Desafortunadamente para algunos, pertenece a la historia de España y es por ello que, hasta la fecha, son modestos los esfuerzos desplegados para recordar esta gran gesta. Lo más triste de todo es que son los propios españoles los que la desconocen, guiados por la propaganda deliberada de nuestros enemigos de siempre.
Desde El Fajo no vamos a mirar para otro lado y sumamos nuestros modestísimos recursos en pos de la verdad, aportando nuestro pequeño grano de arena a la gran playa de la justicia histórica.
¡Viva la Inmaculada Concepción! ¡Viva la Infantería Española! ¡Viva la Historia gloriosa de España!

Una respuesta a «Dios es Español»
Tiene España su mayor enemigo en sus propios hijos y aún así ella sabe señalar a los más honrosos y patriotas para que cabalguen contra corriente y aviven las llamas de glorioso imperio que fuimos y que aún ruge en la sangre que corre por nuestras venas. Gran entrada, he disfrutado de su lectura.