Todos los cristianos sabemos que el concepto del amor es uno de los pilares fundamentales de nuestra doctrina. Son muchísimas las referencias que hay al respecto en las Sagradas Escrituras, por lo que es algo que hemos escuchado desde siempre. Además, el amor es una de las banderas del cristianismo, apareciendo constantemente en los discursos del Papa y en las homilías de los sacerdotes. Sin embargo, muchas veces los cristianos no acabamos de entender el significado real y completo que se quiere transmitir cuando desde la Iglesia se nos habla del amor, en particular el amor al prójimo, que yo diría que es el más difícil. Al final, en la categoría de “prójimo” entra cualquier persona, tanto si nos cae bien como si no; tanto si nos ha hecho bien como mal; tanto si lo conocemos como si es un extraño. Todos son prójimos y a todos debemos amarlos.
Recordemos el evangelio de Mateo 22:36-40: Maestro, ¿cuál es el gran mandamiento en la ley? Jesús le dijo: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. Este es el primero y grande mandamiento. Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos depende toda la ley y los profetas.
O también, Mateo 5:43-45: Oísteis que fue dicho: Amarás a tu prójimo, y aborrecerás a tu enemigo. Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen; para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos.
O el de Juan 13:34-35: Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros; como yo os he amado, que también os améis unos a otros. En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros.
Y así podríamos seguir por mucho tiempo, pero creo que se entiende la idea. El cristiano tiene que amar.
Pero la cuestión clave es ¿qué tipo de amor es el que debemos dispensar al prójimo? ¿Tengo que amar al prójimo igual que a mi madre, a mi padre o a mis amigos? ¿Tengo que acurrucarme al lado del primer desconocido que vea sentado en un banco y decirle “te quiero”, igual que hago con mi abuela? La gran influencia del cine romántico, así como de las novelas rosas, en nuestra sociedad a lo largo de los años nos han hecho pensar que solo existe un tipo de amor que, si bien puede estar más o menos en lo correcto, ahí no vamos a entrar, no es el único existente. Ante esta dificultad de entendimiento, una posible respuesta nos la da Santo Tomás de Aquino a través de su filosofía escolástica, en la cual el amor es uno de los temas troncales.
Para Santo Tomás el amor va más allá de un sentimiento; amar es querer el bien del otro. Esto es fundamental, pues establece que amar implica voluntad, no sólo pasión. Aunque el amor puede ser una pasión sensible, el amor verdadero es un acto de la voluntad, una decisión consciente orientada al bienestar del prójimo. En este sentido, Santo Tomás distingue dos tipos de amor: el de concupiscencia y el de benevolencia.
Amor de Concupiscencia (egocéntrico): Es el amor que se tiene hacia algo o alguien porque nos otorga algún tipo de beneficio, por lo que hay una relación interesada y no es puramente altruista. Por ejemplo, amar a un artista. Realmente lo amamos porque sus obras nos producen bienestar, nos ayudan a expresarnos o nos entretienen, es decir, ese amor está centrado en nosotros.
Amor de Benevolencia (amistad): Es el deseo sincero de que a la otra persona le ocurra el bien, no por lo que nos aporta, sino por su propio ser y valor. Es decir, amar a alguien simplemente por ser él mismo y buscar su bien genuinamente, no el mío. Cuando ocurre amor de benevolencia entre dos personas, entonces tenemos amistad.
A esto le tenemos que añadir el amor como caridad, que es fundamental en el pensamiento tomista. Para Santo Tomás, el amor de caridad es el más elevado y perfecto, pues la caridad es el amor que une al ser humano con Dios y, por extensión, con los demás seres humanos. Según Santo Tomás, la caridad es la virtud teologal (recordemos que las virtudes teologales, fe, esperanza y caridad, son el fundamento de la vida moral cristiana) que nos permite amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos por amor a Dios. Es decir, la caridad eleva ese amor desinteresado por el prójimo al plano divino, pues establece un vínculo directo entre el hombre y Dios.
Entonces… ¿significa eso que si quiero amar al prójimo y ser caritativo debo, por ejemplo, organizar un asadero e invitar a las diez primeras personas que me encuentre por la calle, al igual que invitaría a mis amigos? Respuesta corta: no.
La caridad no elimina el orden natural de las relaciones; la caridad no es igual a tratar a todos de la misma forma. Según Santo Tomás, el amor tiene un orden (ordo amoris). En él distingue varias categorías:
Amar a Dios → por encima de todo.
Amar a uno mismo → en cuanto orientado al bien.
Amar a los cercanos (familia, amigos) → más intensamente.
Amar a los demás → también, pero de otra manera (depende del contexto, grado de cercanía, etc.).
Y… ¿cómo se manifiesta entonces la caridad con los desconocidos? Desde el punto de vista tomista se nos dan varios ejemplos:
- Orar por los demás: Elevar oraciones por la salvación y el bien de otros.
- Benevolencia y Beneficencia: Desear el bien (benevolencia) y actuar para hacerlo efectivo (beneficencia), lo cual difunde la bondad recibida de Dios
- El perdón de las ofensas: Soltar el dolor de las ofensas con facilidad y desear el bien al ofensor, lo que restaura la amistad con Dios y con el prójimo.
- Disponibilidad para ayudar: Orientar a alguien perdido, ceder un asiento o ceder un puesto en una cola.
- Justicia y honestidad: ser justo y cumplir con nuestro deber cotidiano sin aprovecharnos. Por ejemplo, ser sincero con los clientes y recomendarles el producto que están buscando, aunque no sea el que más beneficio nos traiga.
- Actos extraordinarios cuando hacen falta: ayudar a alguien que se encuentra en peligro, defender a alguien que está siendo injustamente tratado.
La idea clave es que en la caridad se busca el bien de todos, pero sin trasladar la intimidad y confianza que son propias de relaciones más cercanas, pero no por ello deja de ser caridad o amor.
Eso sí, como cristianos debemos esforzarnos por hacer actos de caridad siempre que esté en nuestra mano y, como hemos discutido, no solo a los que nos agraden o sean amigos nuestros, sino a todo el mundo. A este respecto quiero concluir con la continuación de Mateo 5 (45-47): Si amáis a los que os aman, ¿qué premio tendréis?¿No hacen lo mismo también los publicanos? Y, si saludáis sólo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de extraordinario?

Una respuesta a «El Amor del Cristiano»
Muy acertado la explicación de algo tan complejo como el amor, que es nuestra bandera y guía de vida como cristianos. Me ha gustado porque sintetiza lo esencial de la voluntad del cristiano como hacedor de la voluntad de amor de Dios.