Me he dado cuenta de que muchas de mis mejores ideas las he tenido mientras me daba una ducha. Aparte de eso, las disfruto mucho y se podría decir que hasta las necesito, además de para mantenerme aseado y limpio, para funcionar bien. Una al día, ni más ni menos. Esto me parece curioso, pues son muchas las personas que he conocido para las que la ducha no es más que un mero trámite, necesario para no ir sucios a todas partes, pero no porque suponga un placer para ellos. A raíz de esto me pregunto qué es lo que tiene para mí la ducha que no tiene para otra mucha gente. Al final, todos hacemos un ritual más o menos parecido: nos mojamos, nos enjabonamos con nuestro gel preferido y nos aclaramos al final. Después, a secarse con la toalla y listo. ¿Cómo encontramos resultados tan distintos tras un mismo (o similar) ritual?
Yo no tengo la verdad absoluta, lógicamente, pero después de pensar un rato se me ocurrió una posible respuesta.
Resulta que para muchos de nosotros los días consisten en un vaivén de cosas que hacer: ir a clase/trabajo, preparar el almuerzo, ir al supermercado, hacer algo de deporte, recoger la casa, lavar la ropa, etc. En muchos casos son pocos los momentos de inactividad que tenemos durante el día, y cuando los encontramos, nos sumergimos en las redes sociales (o la televisión) y consumimos decenas de videos, imágenes y música que mantienen el estado de actividad de nuestra mente. Quizás nosotros estamos tumbados en el sofá descansando, pero nuestro cerebro sigue ocupado asimilando muchísimas unidades de información cada segundo. El único momento en que dejamos reposar la mente es cuando nos damos una ducha. Es ahí cuando nuestro cerebro tiene unos minutos para soltar el acelerador, liberarse y depurar información. Es por eso que se nos ocurren mejores ideas o relativizamos problemas que nos parecían más importantes en otros momentos del día, porque cuando el cerebro disminuye su carga de trabajo y descansa es cuando asimila lo que ya sabe y organiza las conexiones entre neuronas. El resultado: encontramos respuestas y nos sentimos mejor.
Tirando del hilo podemos ver que este modus operandi es común a otros aspectos de la vida. En los deportes de fuerza se hace una “semana de descarga” justo antes de una competición, pues el cuerpo necesita un tiempo de descanso completo antes de llegar a nuevos niveles, a su máximo potencial. Es en ese periodo de descanso donde el cuerpo gasta sus energías en fortificar y cargar la batería de todos los músculos en lugar de simplemente reparar los pequeños daños que son producto del entrenamiento constante. De la misma manera, conviene hacer pequeños ayunos de tarde en tarde donde permitamos dejar reposar el sistema digestivo y que nuestro cuerpo pueda filtrar todas las toxinas que se nos van acumulando con el tiempo. Bastan con unas 10 o 12 horas para que los riñones filtren toda nuestra sangre y nos dejen libres de impurezas. La mente, como cualquier otra parte del cuerpo, también necesita de estos pequeños descansos.
En este sentido, para los que somos católicos, tenemos marcada una fecha en el calendario que nos sirve como un pretexto inmejorable para iniciar nuestro trabajo espiritual. La cuaresma supone un tiempo perfecto para poner en práctica alguno de estos métodos que nos permitan hacer ayuno de aquellas cosas que sabemos que no son positivas para nosotros y que nos dañan poco a poco. No es una imposición, simplemente es una invitación para arrepentirnos de nuestros pecados y cambiar algo de nuestra vida con el propósito de intentar ser mejores. Quizás somos muy golosos, tomamos alcohol con mayor frecuencia de la debida, no tenemos el hábito de hacer la cama, no hablamos lo suficiente con nuestros familiares o hemos descuidado la relación con alguno de nuestros amigos. Sea lo que sea, en Cuaresma se nos presenta la oportunidad de mirar hacia dentro de nosotros e indagar en esos asuntos que, de ser pulidos, nos acercarán más al mensaje que Jesús nos dejó como ejemplo.
Todo esto suena muy bonito, pero sostener un propósito durante cuarenta días no es una cosa sencilla. Además, en la sociedad actual, tan rápida y cambiante, las tentaciones abundan más que nunca, por lo que nuestra tarea adquiere un plus de dificultad. En el evangelio de Mateo se nos detalla cómo Jesús fue tentado por el diablo para que sucumbiera ante sus deseos (Mateo 4,1-11). Es decir, si hasta el mismísimo Hijo de Dios tuvo ante sí la tentación imagínense nosotros, que somos simples humanos. La diferencia está en que Él no cayó ante las proposiciones de Satanás, nosotros sí.
Pero esto no debe desanimarnos. Aunque sepamos que caeremos en tentación antes o después, lo importante no es eso. Lo importante no es conseguir el objetivo de “ser perfecto”, sino de recorrer el camino que lleva hacia allí, aunque sepamos que nunca lo alcanzaremos realmente. En palabras de San Agustín: “Es mejor cojear por el camino correcto que correr por uno equivocado”. El hecho de reconocer nuestra falibilidad e intentar corregirla ya es una victoria.
Entonces, aprovechemos lo que nos dice Jesús para buscar esas asperezas que tenemos en nosotros mismos y en nuestra vida y que, de ser limadas, nos depurarán y permitirán que nuestro espíritu se organice y tenga la capacidad de crecer y fortalecerse, al igual que sucede con nuestro cerebro, nuestros músculos o nuestro estómago. Animémonos a crear momentos de recogimiento en los que meditar acerca de nuestras acciones y de quiénes queremos ser en un futuro.
