Cuentan algunas lenguas la historia de un hombre rico, que poseía extensos campos de cultivo, cientos de cabezas de ganado de todas las razas, especias, oro y joyas traídas de los lejanos países de oriente. Las gentes hablaban de él y decían que tantas eran sus riquezas que podía nadar en monedas de oro y plata. Sin embargo, más que su fortuna, asombraba su tristeza y mal ánimo, y parecía más mendigo él, por su languidez, que los desamparados que pedían limosna. Si a este respecto alguien le preguntaba, respondía diciendo:
- Son muchos los problemas que enfrento al administrar tantos bienes y tierras, y son estas las preocupaciones que me atosiguen, llenándome de amargura.
Se acercaba el día de su cumpleaños y sus amigos decidieron encargarle una estatua de él mismo, para que la dispusiera en el centro de sus magníficos jardines. Llevaron un retrato al escultor, para que éste hiciera su trabajo. Fue entonces cuando uno de los amigos dijo:
- Cuando hagas la escultura, ponle la espalda derecha, que en el retrato aparece curvada.
Otro amigo añadió:
- Y dibújale una gran sonrisa, pues ahí su cara es larga y triste.
Siguieron haciendo apuntes de este estilo, con el fin de ofrecer un regalo hermoso y con presencia, para el deleite de su estimado amigo.
Llegó el día del cumpleaños del hombre rico y, antes de entonar el “cumpleaños feliz”, sus amigos decidieron entregarle el regalo: la imponente estatua, para lo cual se dirigieron al centro de los jardines de la finca del hombre rico. Una vez allí, descorrieron la cortina que la cubría. Su semblante se llenó de sorpresa y no supo articular palabra hasta pasados unos instantes. Después dijo:
- Ese soy yo, pero casi no me reconozco. Ahí aparezco erguido, con el pecho henchido y una sonrisa de oreja a oreja. El bastón que ahora uso y me hace ver como un anciano, ahí pareciera que estoy al mando de las más feroces legiones, dispuestas a asediar cualquier ciudad…
Antes de que terminara la retahíla de cuentos producidos por su sorpresa, uno de sus amigos le interrumpió diciendo:
- Así, cada vez que pasees cabizbajo por estos parques, angustiado por las mil cosas que revolotean en la mente, mira tu estatua y toma el ejemplo de su actitud. Endereza tu pensamiento al igual que tu columna, ensancha tu corazón tanto como tu pecho y haz que tu alma brille tanto como tu sonrisa.

Una respuesta a «El Hombre Rico y la Estatua Feliz»
Muy bonito!