Todos hemos visto alguna película o serie ambientada en épocas pasadas, como Los Bridgerton, El Último Mohicano o Gladiador, por decir algunas. En todas ellas hay algún grupo de personas que suelen pertenecer a la clase alta y se comportan de una manera particular. Se visten con esmero, hablan con tono mesurado, aparentan serenidad y confianza y siguen ciertas normas sociales de comportamiento. Normalmente asociamos este tipo de conductas con el concepto de refinamiento, pero esto es un error. El refinamiento no es exactamente eso. No tiene que ver con el lujo, con el dinero ni con el nivel de educación formal que se tenga, es más bien un sentido de la medida, una delicadeza moral.
Estamos hablando de uno de los elementos más sutiles del comportamiento humano, por lo tanto, para encontrarlo, deberemos buscar en rincones de la conducta igualmente sutiles. Cómo se trata a alguien que está obligado a servir a los demás, como un dependiente de una tienda o un camarero. Cómo se utiliza el filtro entre lo pensamos y lo que decimos y la manera en que lo decimos, una vez lo hayamos decidido. Es ahí donde encontramos el refinamiento de una persona.
Antonio Escohotado, que en paz descanse, habló de algo parecido en una entrevista hace ya algún tiempo. Él sostenía que un país es rico cuando tiene educación; y educación no significa haber pasado muchos años cosechando títulos académicos, sino la manera en la que nos conducimos en el día a día. Cuando vas caminando por la calle y la acera es estrecha, te bajas para facilitar el paso a la otra persona y, desde el punto de vista del otro, decimos “gracias” cuando alguien tiene un gesto así con nosotros. Cuando estás en un restaurante y pides la cuenta dices “gracias” cuando te la traen, aunque seas tú el que va a pagar el servicio. Cuando entramos a cualquier tipo de establecimiento y uno de los trabajadores nos dice “buenos días”, respondemos también diciendo “buenos días”. Para Escohotado esto simboliza la riqueza de un pueblo, más allá de cualquier tipo de riqueza material. Pues bien, este tipo de educación es algo así como el primer escalón dentro del refinamiento. Son una serie de atributos indispensables para poder sostener el resto de características de una persona refinada.
El que es refinado no necesita imponer su presencia sobre la de los demás de manera artificial, no habla más alto pensando que así tendrá más razón en una discusión, no utiliza un lenguaje complicado sin necesidad ni corrige a los demás cuando cometen algún error en público. Respeta los silencios y sabe cuando es momento de callar y escuchar y cuando toca hablar. Como decíamos al principio, se trata de un agudo sentido de la medida de las palabras y las acciones, y del momento para cada cosa, así como una delicadeza o sensibilidad moral a la hora de tratar con otras personas.
Y ojo, esto no es debilidad, sino manejar la certeza del momento para cada cosa. La persona refinada sabe ser tajante y firme cuando es necesario, pero hay una gran diferencia entre tener la capacidad de hacerlo y elegir el momento oportuno y no poder disponer de ambas opciones.
El refinamiento puede entenderse como una forma de contención deliberada, pero no todas sus manifestaciones tienen el mismo peso moral. En la literatura y la ficción hay personajes refinados porque nunca han necesitado imponerse, y otros que lo son porque aprendieron, a fuerza de experiencia, que hacerlo no conduce a nada valioso. Esta diferencia es decisiva: el refinamiento que nace de la inocencia es sereno, pero el que nace de la renuncia es maduro. Podemos ver algunos ejemplos.
Vareñka, un personaje secundario en la novela de Tólstoi Anna Karénina, representa un refinamiento natural. Su discreción, su delicadeza y su ausencia total de vanidad la convierten en una figura moralmente intachable. No invade, no juzga, no se afirma sobre los demás y esto tiene cierto magnetismo. Sin embargo, su refinamiento no ha sido conquistado: no lo vemos nacer del conflicto, ni del error, ni de una lucha interior visible. Es refinada porque está en equilibrio, no porque haya tenido que alcanzarlo. Es como si fuese así por defecto. Por eso inspira respeto, pero no arrastra. Es apreciada por los demás porque su presencia es agradable y obra bien, pero no es fruto de una decisión consciente.
Por otro lado, el personaje de Henry Morgan, de la serie de televisión policiaca Forever, encarna otro tipo de refinamiento. En la serie, Henry es un médico forense que lleva vivo más de doscientos años, debido a una especie de maldición que contrajo en el pasado y que provoca que nunca envejezca; permanece con la misma edad que cuando contrajo la maldición. En este sentido, su contención no procede de la pureza, sino del embate del tiempo. Posee conocimientos, experiencia y perspectiva suficientes para imponerse con facilidad a cualquiera, y precisamente por eso elige no hacerlo. Su elegancia es una forma de renuncia. Sabe cuándo callar, cuándo suavizar una verdad, cuándo dejar que el otro conserve intacta su dignidad. En él, el refinamiento no es una especie de configuración dada, sino una decisión que se toma constantemente. No nace de no poder herir, sino de poder hacerlo y abstenerse.
Quizás por eso el refinamiento de Henry resulta más “auténtico” en un sentido moral: ha sido destilado por la pérdida, por la repetición de los errores humanos, por el conocimiento de lo inútil que es la superioridad forzada. Frente a la serenidad casi inmaculada de Vareñka, Henry ofrece un refinamiento más silencioso y más grave, uno que no busca elevarse por encima del mundo. Y es ahí donde reside la forma más alta de refinamiento: no en la ausencia de aspereza, sino en la decisión consciente de no ejercerla, cuando no es el momento.
Así que el refinamiento no consiste en llevar joyas caras, en tener un título nobiliario o llevar todos los atuendos a la moda, sino en cosas mucho más sutiles pero que marcan la diferencia de manera mucho más sustancial.

Una respuesta a «El Refinamiento»
Creo , que es muy cierto lo que dices en este escrito