En la actualidad se ha llegado a una especie de consenso (supuestamente con base científica) que asegura que en la especie Homo sapiens sapiens no existen razas, sino etnias. Se dice que las diferencias genéticas entre los distintos tipos de humanos no son suficientes para ser categorizadas de raza, que queda como un concepto rudimentario y desfasado. En su lugar, hablan que se debe de referir a los distinto grupos humanos como etnias, que es una palabra mucho más adecuada a la realidad. Así, deberíamos hablar de etnia negra o etnia asiática y no raza negra o raza amarilla.
Yo, personalmente, vengo a discrepar fuertemente con esta retórica posmodernista que ha forzado a la ciencia para conseguir una base supuestamente empírica sobre la que argumentar tal relato. No es la primera vez que se utilizan los estudios o el “consenso científico” como caballo de troya para el beneficio del discurso político del momento. En lugar de tanta palabrería, vamos a ver cómo son las cosas.

Es decir, según la “evidencia científica” estos cuatro hombres no tienen diferencias suficientes entre ellos como para hablar de razas, y en su lugar se deben categorizar por etnias, que refleja mejor su proximidad. Yo no me lo creo.
Una de las primeras cosas que identificamos cuando observamos a alguien es la raza, junto con su género y una edad aproximada, por mucho que ahora se empeñen en intentar ignorarlo. Los humanos tienen razas, como lo llevan haciendo miles de años. Las etnias son, realmente, los diferentes grupos que hay dentro de una raza. Así, un hombre tradicionalmente mediterráneo, otro islandés y otro sirio son todos de raza blanca, pero su etnia les confiere ciertas diferencias que son menores entre ellos que con otras razas.

Los tres ejemplos anteriores corresponden a diferentes etnias dentro de la raza blanca, pero en ningún caso serían todos considerados etnia blanca, pues eso no existe, sino raza blanca.
Una vez aclarado el tema de la raza, tenemos que hacer otra distinción. Si bien todos los seres humanos, independientemente de su raza, merecemos los mismos derechos y la misma dignidad (como bien se establece en la moral cristiana), no todas las razas han sido capaces de llegar a los mismos niveles de desarrollo y refinamiento. En este aspecto destacan dos razas por encima de las demás: los blancos y los asiáticos del este (China, Mongolia, Corea y Japón). Estas dos razas pudieron conformar civilizaciones complejas y muy ricas en cultura, arte y filosofía desde tiempos muy lejanos en la antigüedad. En el lado europeo, la antigua Grecia tiene sus orígenes en torno al 1200 a.C. que, posteriormente junto con el Imperio Romano, sentaron las bases de la civilización occidental. Del lado oriental, la civilización china se establece en torno al 2000 a.C. con la dinastía Xia, que se considera la primera dinastía de su historia. Mientras en Europa los romanos construían anfiteatros, acueductos y calzadas; esculpían estatuas de mármol de varios metros con una precisión milimétrica y hacían tratados con lengua escrita en todas las ramas del saber, los continentes americano y africano vivían prácticamente en la edad de piedra. De hecho, se mantuvieron así hasta la llegada de los europeos en muchos casos. Los indios americanos tenían ciertos conocimientos de metalurgia (bastante elementales), pero en ningún caso equiparable al desarrollo europeo.
Como digo, en ambos casos (europeo y asiático) se consiguió alcanzar unas cotas elevadas de refinamiento y sofisticación, tanto social como económica, que las hacen las razas predominantes. Sin embargo, fueron los europeos (fundamentalmente el Imperio Español) los que lograron expandir la cultura occidental y la religión cristiana al resto del mundo y completaron la exploración de la tierra. Recorrieron los confines del globo, cartografiaron todas las costas y elaboraron mapas, libros y todo tipo de documentos de aquellos lugares a los que llegaban. A cambio, les proporcionaron más de dos mil años de avances tecnológicos, políticos y espirituales. De esta manera, si tuviéramos que elegir una raza predilecta de entre todas las existentes en la tierra, deberíamos hallar sin duda a los blancos europeos.
Además, no estamos hablando de que sea simplemente algo referido al pasado, sino que hasta hace un par de décadas los países culturalmente occidentales eran los que habían llegado a la cúspide de educación y urbanidad mundial. Testimonio de ello es el ir a una biblioteca pública y sentarse a leer o a estudiar, respetando a los demás y sin importunar a nadie, con total tranquilidad, sin correr peligros de ningún tipo. También sin robar ningún libro, por supuesto. Testimonio de ello es pasear por la plaza de tu ciudad, comprarte un helado en el puesto de la esquina de toda la vida, charlar brevemente con el dependiente y sentarse en un banco a disfrutar del dulce, mientras ves pasar a parejas con sus hijos o con sus mascotas. Testimonio de ello es que si vas caminando por una acera que es estrecha y alguien viene de frente, te bajas para cederle el paso, y si eres tú al que se le ha cedido el espacio, respondes diciendo: muchas gracias. En definitiva, la riqueza y la excelencia radica en el civismo, en la urbanidad, en el respeto.
Pero al igual que otros muchos temas, como el aborto o la inmigración, las razas humanas como concepto han sufrido una manipulación y moldeo hasta el punto de que la gran mayoría de la población niegue su existencia y diga que son etnias únicamente. No importa el número de contorsiones discursivas que haya que hacer y lo descaradamente falsas que sean a ojos de cualquiera. Si algo han demostrado las sociedades posmodernas occidentales es su capacidad ilimitada para asimilar mentiras y discursos falaces.

Una respuesta a «La Gran Farsa de las Razas»
De acuerdo con tu punto de vista sobre la diferencia entre raza y etnia, así como lo relacionado con las culturas.