¿Has pensado alguna vez cuántas palabras dice en un día?¿Cuántas frases salen de nuestra boca en el transcurso de la jornada? O quizás en la actualidad también sería pertinente la siguiente pregunta: ¿cuántas palabras escribes en el teclado de tu teléfono móvil u ordenador? Ciertamente nadie lo sabe con exactitud, pero todos convendremos en que no son ni una ni dos, sino muchas de ellas. Estamos constantemente comunicándonos con los demás y no nos damos ni cuenta de ello.
Los humanos tenemos la comunicación más compleja de todo el reino animal. Hablamos miles de lenguas distintas a lo largo y ancho del globo; unas utilizan el alfabeto latino, otras el cirílico, otras el helénico; otras utilizan símbolos para componer sus frases, como el chino o el japonés. En cuanto a la fonética, podríamos estar escribiendo eternamente, pues la variedad de sonidos que se emplean en los diferentes idiomas es verdaderamente fascinante. Pero hoy quiero centrarme en una idea sacada de un libro de Mari Patxi Ayerra que encontré realmente reveladora.
La comunicación entre dos personas tiene básicamente tres capas, en las que decimos o dejamos de decir ciertas cosas según en cuál de ellas nos encontremos. También, según quién sea nuestro interlocutor en cada una de las capas, se tratará de un desconocido o alguien con quien no tenemos mucho trato, de un amigo, de un mejor amigo, padre o pareja. Para entenderlo todo mejor, usaremos el mismo ejemplo que Ayerra: la comunicación es como una manzana.
- Comunicación superficial: Estamos en la piel de la manzana. Es lo primero que conocemos de una persona en los minutos iniciales de la interacción. Hay que tener en cuenta que no solo comunicamos información con nuestras palabras, sino que nuestra apariencia, nuestra postura, nuestro olor y el lenguaje corporal que utilicemos forman parte de ese primer mensaje que mandamos a los demás. En esta etapa de comunicación superficial se ubican las conversaciones que tienes con ese compañero del instituto al que hace años que no ves o lo que le cuentas a la nueva novia de tu amigo. Son cosas como: nuestra ocupación actual, nuestra profesión, dónde vivimos, el deporte que practicamos, etc.
- Comunicación profunda: Ya le hemos dado un mordisco a la manzana y hemos llegado a la pulpa; conocemos a la otra persona, hay confianza entre ambos y hemos pasado bastante tiempo juntos. En este punto sabemos cómo vive, qué sueña, a quién ama, cuáles son sus objetivos personales, qué siente, etc. Éstos son nuestros amigos, gente con la que pasamos el tiempo, hacemos planes los fines de semana y con los que quedamos a tomar unas cervezas y a charlar. Se trata del encuentro de dos vidas. Todo esto implica que sabemos qué tipo de persona es y lo tenemos bastante claro, es decir, sabemos si la manzana es dulce, ácida, crujiente, aromática, jugosa o blanda. Hemos mordido la cáscara y la carne, las hemos masticado y tenemos una imagen detallada de esa persona.
- Comunicación íntima: Ocurre de semilla a semilla. Se da cuando la conexión entre ambos individuos llega a lo más hondo de cada uno: a la semilla de la persona. Son las profundidades del propio individuo, los gozos y las sombras, las grandezas y mediocridades, los miedos, los deseos, los pecados, los poderes… Llegar a la semilla requiere de una completa sinceridad por ambas partes y supone estar en una situación de vulnerabilidad emocional, pues estás abriendo la capa más profunda de tu persona.
Hay gente que nunca se comunica de manera íntima, a pesar de estar casados o en situaciones parecidas. Quizás es porque no saben cómo volver la mirada hacia dentro y llegar a la base misma de nuestra conciencia, al fin y al cabo no es algo que se enseñe o se explique. Si lo sabes hacer, bien, y si no, sigues como puedas. Hay otra posibilidad, la cual es aún más triste: quizás una vez compartió su semilla con alguien que la utilizó para hacer daño cuando menos lo esperaba. Después de semejante decepción es normal querer adoptar la técnica de la tortuga, que consiste en esconderse hacia adentro para evitar posibles amenazas. Guardar de nuevo la semilla y no volverla a compartir nunca más. Aquí es cuando aparecen las depresiones, las idas a la consulta del psicólogo, etc. Realmente lo único que está sucediendo es que se está volviendo a compartir esa semilla, lo único que esta vez es con alguien que no puede hacer daño de esa forma porque es su trabajo.
Así se crea un clima de distancia y de incomunicación entre seres humanos que hace que vivamos todos juntos en sociedad, pero profundamente solos. Nadie ayuda a nadie, ni acompaña la vida de nadie, ni comprende a nadie. Esto es una sociedad enferma de comunicación, donde lo poco que quedaba ha sido arrebatado por el individualismo capitalista y la falta de sentido de pertenencia a un lugar (lo que es esencialmente el espíritu nacional). Evidentemente, el hecho de que se hayan hecho unos esfuerzos titánicos de ingeniería social para arrancar la tradición cristiana de ciertos países occidentales ha tenido mucho que ver en todo esto. Uno de los pilares de la doctrina cristiana es el amor y servicio al prójimo, ayudar al desfavorecido o al que pasa necesidad. Sacar eso (o al menos intentarlo) de la cotidianidad social es un factor clave en la proliferación del individualismo. Es el clásico: divide y vencerás.
Las razones por las cuales interesa una sociedad individualizada y disgregada son muchas y bien conocidas por los que manejan el mundo, pero quedarán para otra ocasión. Quedémonos con la idea de la semilla, que es el mensaje más importante para el día de hoy.

Una respuesta a «La Semilla de la Persona»
Pues si, la comunicación es el germen de nuestra grandeza. Y la comunicación íntima el escollo de demasiados incautos. Bien traído, sobrino.