Durante una gran parte de la historia, el poder económico y político ha estado en manos de unos pocos individuos, conocidos como nobles, que disfrutaban de diversos privilegios. Ellos eran los propietarios de las tierras, que eran cultivadas por los campesinos a cambio de una parte muy importante de la cosecha. Evidentemente, dentro de esta casta había distintos grados, al igual que sucede en el resto de grupos humanos. Siguiendo la nomenclatura que predomina hasta la actualidad, un duque es más que un marqués y a su vez éste es más que un conde. Luego siguen el vizconde, el barón, el señor y, por último, el hidalgo. Éste se ubica en el último escalón de la nobleza, poseyendo una influencia muy reducida y de ámbito local, normalmente con patrimonios modestos y antiguos fraguados en tiempos de conquista. Con frecuencia este tipo de nobleza era el premio otorgado por los reyes a sus caballeros en las conquistas como méritos de guerra (hablamos de la época medieval). En España la Reconquista fue un periodo que vio nacer a muchos hidalgos de esta manera. En tiempos más modernos (siglo XVI en adelante) los escenarios fueron cambiando, por ser la época de los descubrimientos, y aparecían personas que conseguían grandes cantidades de dinero e influencia sin ser necesariamente miembros de la casta noble.
Por muchas razones, estos grupos de nobles tenían descendientes que no acababan disfrutando de los privilegios que otrora pudo ostentar su familia. Quizá hubo muchos herederos entre los cuales repartir los bienes; tal vez el padre de familia se dedicó al juego y a la vida ociosa, vendiendo todo el patrimonio para conseguir dinero con el que mantener su modo de vida, sin dejar nada a sus hijos; o puede ser que se diluyera con el paso del tiempo y las muchas generaciones (esto se da especialmente en la categoría de hidalgo, que era nobleza, pero no ostentaba un título nobiliario). Cualquiera que sea el motivo, causa en las personas que sufren esta situación una sensación de desprecio o indiferencia hacia sus orígenes nobles por el mero hecho de que no pueden disfrutar de ningún tipo de beneficio que se desprenda de este hecho. Una especie de “me da igual que mis orígenes sean nobles o no, si al final mi vida va a seguir igual que está”.

Ejemplo de un escudo de armas de un linaje hidalgo
Esta frustración es entendible, pero es crucial recordar que los poseedores de este tipo de nobleza sí están ganando algo del hecho de saber que sus ancestros fueron nobles: el honor. El honor de pertenecer a una estirpe de gente ilustre y destacada que fue premiada por acciones remarcables y heróicas. Es el honor, la dicha, de saber que la sangre de esos hombres ilustres corre por sus venas en este mismo momento.
Y es que en estos tiempos hemos reducido nuestra vida únicamente a aquello que es útil o nos proporciona algún beneficio (presente o futuro), ignorando que hay una gran cantidad de cosas que son tremendamente importantes por ellas mismas, por su valor intrínseco. Lo son porque forman parte de la fase inmaterial de las personas: el alma y el espíritu. Hablamos de propiedades como la lealtad, el coraje, la paciencia, la memoria, la cortesía y muchas otras que, al igual que el honor, son valiosas per se. Díganme ustedes en qué clase de mundo viviríamos si todos los humanos estuvieran carentes de estas cualidades, tan indispensables para el desarrollo y la prosperidad de los pueblos. No habría familia alguna que pudiera salir adelante si se hallaran privadas de estas virtudes del alma, mucho menos una empresa o un ayuntamiento, por lo que cuanto más sube uno en la escala de la sociedad, más absurdo se hace el ejemplo.
Cuando hablamos de este tipo de honor, incluimos también a todos los antepasados nuestros que han podido hacer obras relevantes para con su familia o el resto de la comunidad, no siendo necesario que el Estado haya reconocido esas benevolencias en tiempos recientes o antiguos. Hablamos aquí de que el honor es importante, ahora y siempre, máxime cuando éste viene codificado en cada una de nuestras células, siendo el de los hidalgo un caso paradigmático y muy sonado.
Supongo que ya no parecerá tan “inútil” el hecho de ser portador de un honor heredado por la sangre. Hay que sacar pecho y apreciar el lustre de haber nacido segundón en casa grande. Sientan orgullo de su blasón y su yelmo, aunque sea lo único que les haya quedado.

Una respuesta a «Segundón en Casa Grande»
Pues si, cuanto más transcurre el tiempo, más aumenta la simpleza de la casta, el absurdo de un legado, la vergüenza de pertenencer a una hidalguía cargada de virtudes. Pero es que las mismas virtudes se denigran por categorizarlas de inútiles y desprovistas de sentido. Es precisamente ese concepto, esa idea del alma como constructo de nuestro ser, de un ser que nos diferencie de la animalidad de la especie, lo que nos hace grandes. Pero el materialismo extremo nos reduce a meras mercancías que no piensan, nos hace despreciar nuestra ascendencia por considerarla vacía, cursi y clasista y, en definitiva, nos gesta cada vez más maleables. Somos carne de exclavitud. Eso si, una exclavitud moderna, llena de luces, objetos fantásticos, verbos sin versos y palabras sin estructura.