Un zumo recién exprimido tiene agua, fibra, azúcar y muchos otros componentes. Pensemos en un zumo de naranja, por ejemplo, que tiene jugo y pulpa. Si dejamos que ese zumo repose, eventualmente acabará decantando en dos partes: el líquido y la pulpa. Antes de beberlo lo propio es removerlo bien, de forma que vuelva a ser un zumo uniforme, con todo el sabor y consistencia que tenía cuando estaba recién exprimido.
De una forma similar podemos pensar que la sociedad española es como un zumo que se ha dejado decantar por un tiempo bastante largo. La división social es un fenómeno que se ha ido acentuando en los últimos años, de manera que estamos más separados que nunca unos de otros. Los que son aficionados de un equipo deportivo evitan juntarse con los del equipo rival; los que tienen un determinado pensamiento político comparten cierto rechazo hacia los que piensan distinto; los que son de una determinada región se pelean (medio en broma, medio en serio) con la provincia vecina y así sucede con un largo etcétera. Todo esto pudiendo llegar a situaciones extremas donde amistades o relaciones familiares se rompan a causa de alguno de estos problemas. A nadie se le escapa que estamos ante uno de los momentos históricos de mayor crispación social.
En este sentido, las redes sociales han servido como un amplificador de todos estos fenómenos, haciéndonos pensar peor de nuestro vecino porque publicó alguna foto o comentario que atenta contra la opinión que nosotros tenemos a ese respecto. Poco a poco vamos conformando una cámara de eco con otros que ven las cosas de forma similar a nosotros y nos dedicamos a confrontar a otras burbujas, creando una batalla digital que de nada sirve y a nadie beneficia. Parafraseando a Baudrillard, las redes sociales actúan, en muchas ocasiones, como una representación distorsionada de la realidad, la cual puede ir siendo asumida como verdadera con el paso del tiempo.
Es en este contexto en el que Su Santidad el papa León XIV hace su primera visita apostólica a España. En el transcurso de seis días, ha dejado cientos de enseñanzas importantísimas para una sociedad tan “decantada” como la española. Es por ello que quiero compartir algunas de sus intervenciones que más me han hecho pensar y reflexionar en estos últimos días después de su visita.
La primera parada del recorrido se produjo en Madrid, donde tuvieron lugar algunos de los primeros acontecimientos que marcarían este viaje. Comenzando por la vigilia de los jóvenes, que aconteció el sábado 6 de junio, donde más de medio millón de personas se reunieron animadas por la presencia del Santo Padre. Como es tradición, el papa respondió las preguntas de algunos jóvenes de la manera en la que solo la cabeza de la Iglesia es capaz de hacer, dejando a su paso las primeras grandes lecciones.
Ante la pregunta de una joven, que dijo: «¿Qué considera que nos ayudaría a reconocer la voz de Dios entre otras muchas voces?» Su Santidad contestó, entre otras cosas, con la siguiente frase: Para reconocer la voz de Dios es muy importante que cada uno de nosotros busque desarrollar la capacidad de estar en silencio. Esta primera sentencia ya es rompedora, confrontando con nuestro modo de vida moderno, donde vivimos envueltos en miles de ruidos, prisas y quehaceres que nos dificultan entrar en comunión con Dios. En su respuesta, el Santo Padre explica con más detalle que suele ser en los momentos de silencio en los que es más fácil discernir la voz de Dios, ya que estamos suprimiendo las varias capas de ruido que se superponen en nuestra mente y que pueden opacar los mensajes que todos recibimos de Él.
Realmente es así. Un ejercicio interesante que cada uno de nosotros podría hacer es pensar en cuántos momentos de silencio disponemos a lo largo del día, o incluso de la semana. Seguro que el resultado sorprenderá a más de uno porque, efectivamente, el silencio es casi inexistente para muchos de nosotros. Nos levantamos por la mañana y encendemos la radio, la televisión o, más recientemente, el móvil, donde sintonizamos nuestro programa elegido. Vamos camino al trabajo con música en el coche y arropados con el ruido de la calle (personas hablando, tránsito de coches, guaguas, cláxones, etc.). Ya en el trabajo encontramos el ajetreo propio, con las constantes conversaciones con los compañeros, eventuales discusiones y cosas por el estilo. Al volver a casa, preparamos la comida escuchando música o algún podcast, cuando no hablando con alguien que tengamos a nuestro lado. Y en este tipo de cotidianidades transcurre todo el día donde, si nos fijamos, no tenemos nunca un momento de silencio o tranquilidad donde poder hablar con Dios y escuchar lo que nos dice.
Por eso es tan rompedor el mensaje de Su Santidad. Pone en jaque la forma en la que nos hemos acostumbrado a vivir y nos invita a que le demos una vuelta, que lo pensemos un poco. Cualquier forma de amor requiere de sacrificios por ambas partes y Dios nos pide muy poco, pero una de esas pequeñas cosas es que nos sentemos con él un momento cada día y que, en silencio, le escuchemos.
En el mismo acto de la vigilia de los jóvenes el papa León terminó su intervención con otro mensaje que resonó en el corazón de muchos, entre los que me incluyo. Decía lo siguiente: …quiero confiar a todos vosotros una misión: que seáis humanos. Sí, ¡sed humanos!: hombres y mujeres de carne y hueso. No apariencias, sino rostros fiables. Personas que buscan la justicia porque tienen hambre de ella, como del pan de cada día. Personas que desean una vida honesta y recta, porque gustosamente hacen a los demás lo que querrían que los demás hicieran con ellas. […] Ésta, queridos jóvenes, es la virtud que cambia la historia más que ninguna otra. ¡Vosotros podéis cambiar la historia! ¡Hacedlo con el amor!
En este caso volvemos a encontrarnos con un mensaje sencillo, pero que choca frontalmente con la realidad en la que nos hemos acostumbrado a vivir. En un momento histórico en el que la ambición de muchos jóvenes consiste en ganar fama y seguidores en redes sociales, hacerse streamer, futbolista o cualquier cosa similar, el Santo Padre nos recuerda el verdadero significado de lo extraordinario. Cambiar nuestro foco, la manera en la que orientamos nuestras acciones, es una de las decisiones más trascendentales que podemos tomar. En lugar de pretender satisfacer siempre nuestro ego (yo quiero ser el más famoso, yo quiero poseer tal cosa, yo quiero que me hagan caso, etc.), es decir, tener el foco orientado hacia nosotros mismos, podemos girarlo y, al menos de vez en cuando, ponerlo en el exterior para con los demás. Llamar a un amigo o familiar con el que hace tiempo que no hablamos, saludar con una sonrisa a tus vecinos, ceder tu puesto a otra persona en una cola, hacer cumplidos más a menudo, dedicar tiempo a estar con personas que necesitan algo de compañía. Son pequeñas acciones cotidianas, pero que ponen el foco en el otro en lugar de en uno mismo; son pequeños actos de amor con los demás, pero que para muchas personas puede suponer una diferencia crucial. Esta es la misión que nos encomienda el papa: ser humanos y desempeñarla con amor. Eso sí es un acto extraordinario.
Bastante ligado a este concepto tenemos otra frase fantástica, pronunciada durante el discurso en la misa de Santa Cruz de Tenerife: Hay vida cuando se da vida. De otro modo, se gira en el vacío. Somos animales sociales y el cuidado de nuestra comunidad ha sido pieza fundamental durante toda la historia hasta hace bien poco. Tenemos vida cuando la damos a los demás, cuando nos preocupamos por su bienestar y atendemos si necesitan alguna cosa. Este fenómeno todavía puede verse en muchos pueblos, donde el sentido de comunidad sigue existiendo en parte.
Quiero concluir reflexionando sobre otra de sus magníficas frases, esta vez orientada particularmente a España: …he aquí una encomienda para la España de hoy y de mañana: que la religiosidad que desde hace siglos anima este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe de la que beber también hoy. Volvemos a un tema que ya desarrollé en el último artículo “El Concepto de España”, donde explico lo que a mi juicio conforma la esencia de España, siendo uno de los pilares fundamentales es el catolicismo. Somos una sociedad culturalmente católica desde antes de existir como país, por lo que es uno de los rasgos que más hondamente arraigados tenemos. Sin embargo, desde La Transición, ha habido un fenómeno de rebelión hacia la fe y la Iglesia en la que se han intentado extirpar estos elementos de la dinámica de la sociedad, con bastante éxito. Volviendo a la analogía del zumo, desde la transición se ha dejado que repose, decantándose la pulpa y extrayendo el sabor, la esencia del conjunto.
Pero creo que el viaje apostólico de León XIV ha servido como elemento disruptor y ha producido una pequeña revolución dentro de nuestra sociedad, todo a través de palabras verdaderas, pero que son rompedoras con nuestro día a día. En otras palabras, el papa ha batido de nuevo el zumo, juntando jugo y pulpa. Los millones de personas que asistieron y/o participaron de alguna forma en estos actos son prueba de ello, son prueba fehaciente de que la pulpa de España es católica, ahora y siempre.
Los discursos y homilías completas del papa durante su viaje a España están disponibles en este enlace: Discursos del papa.

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