Desde hace cierto tiempo tengo la sensación de que las generaciones más modernas nos creemos más inteligentes y avispadas que cualquier otra que nos haya precedido. Es verdad que en todas y cada una de las generaciones hay un sentimiento de revolución o inconformismo con respecto a la de sus padres que les hace creer que todo lo nuevo es mejor que lo que ya conocen. Sin embargo, creo que no soy el único que tiene la impresión de que en los últimos años esta tendencia es mucho más radical que nunca. Quizás se deba al gran impacto social que ha supuesto la aparición de internet y, posteriormente, las redes sociales y la inteligencia artificial, pero seguro que te vienen a la mente algunos ejemplos de lo que estoy hablando. Y la realidad es que seguimos siendo iguales a los humanos que vivieron hace miles de años, nuestras necesidades vitales y espirituales son las mismas y, por lo tanto, pueden ser satisfechas del mismo modo. Está casi todo inventado, especialmente en estos asuntos, aunque como sociedad en general creamos que lo nuevo siempre será mejor.
Pensaba todo esto hace unas pocas semanas cuando leía el evangelio diario, como hago de costumbre. Es asombroso ver como, con el paso de las semanas y los meses, se tratan temas que son de rigurosa actualidad en nuestras vidas, a pesar de haber sido escritos hace 2000 años. Es una prueba de lo que antes comentaba, esencialmente somos los mismos de siempre.
A este respecto me gustaría comentar especialmente el evangelio del día 23 de julio (Juan 15, 1-3), que dice así: Yo soy la vid verdadera y mi Padre es el labrador. Todo sarmiento que en mí no da fruto lo corta, y todo el que da fruto lo poda para que dé más fruto.
En las escrituras encontramos muchísimas referencias a las labores campesinas, pues son actividades que las gentes de aquella época conocían a la perfección, lo que facilitaba la comprensión del mensaje de Jesús usando estas parábolas. Así, vemos lógico que se corte el sarmiento que no da fruto, ya que jamás obtendremos cosecha. Sin embargo, ¿por qué podaríamos un sarmiento que parece cumplir con lo que se espera de él, que es que dé fruto? ¿No sería inapropiado hacer una herida, un corte, al sarmiento que vale y está sirviendo? Puede parecernos contraintuitivo, pero recordemos que esta práctica se lleva a cabo para obtener más producción y que ésta sea más constante. El sarmiento que se poda correctamente, si este año dió un racimo, puede dar tres el próximo año.
Deshaciendo la parábola encontramos muchísimo significado. Todos nos hemos preguntado alguna vez por qué nos pasan cosas que a primera vista son negativas cuando nosotros nos comportamos relativamente bien. Especialmente cuando tenemos fe y seguimos la doctrina de Jesús lo mejor que podemos, estas experiencias negativas tienen cierto sabor a injusticia. No comprendemos por qué nos pasan esas cosas, ya que entendemos que no nos las merecemos. Sin embargo, esta visión está errada porque Dios no opera con una dinámica de premio y castigo, sino de cuidado y abandono. Si somos un sarmiento que no da fruto, seremos arrancados, pero si damos fruto (entramos en el plan de Dios) recibiremos podas periódicas que nos ayudarán a fructificar más intensamente. Es decir, sufriremos experiencias y acontecimientos negativos que, a través del esfuerzo y del trabajo de cada cual, nos ayudarán a convertirnos en nuestra mejor versión, la que Dios quiere que seamos. El sufrimiento y el dolor son procesos necesarios para poder afrontar cambios importantes, son situaciones que nos ponen a prueba, con frecuencia más de lo que nos gustaría, pero es precisamente en esa adversidad donde se forman las grandes cualidades. Al igual que una buena espada, antes de servir como arma en múltiples batallas, debe pasar un proceso de forjado y moldeado en el que recibirá cientos de golpes contra el yunque y cocciones abrasadoras en el horno. Volviendo al ejemplo de la vid, antes de convertirnos en un sarmiento muy productivo, seremos podados varias veces, pero esto, en lugar de bajarnos el ánimo y hacernos marchitar, lo debemos entender como un paso necesario para dar fruto en abundancia y ser fieles discípulos de Dios.
Y lo mejor de todo es que disponemos de la libertad de decidir qué tipo de sarmiento queremos ser, entendiendo que la acción de Dios en nosotros (que dará frutos gratificantes y nos proporcionará felicidad) será exigente. Pero Él nos da herramientas para perseverar en las temporadas de poda y no hacernos decaer, siendo el ancla que nos mantiene fijos cuando los vientos arrecian.

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